Tenía cosas que hacer. Siempre tiene cosas hacer. Pero tenía también la sensación de que todo esto ya había pasado. De que ya se había sentado frente a esas carpetas, frente a esas mismas carpetas: Convenio individual Carina Hirschfeld. La Pampa - Claudia Susana Nuñez Convenio individual. Santiago del Estero. Ya estaban hechas; esas carpetas ya estaban foliadas, ya estabas dadas de alta y ya estaban transferidas a Cuentas a pagar. Cuentas a pagar las había chequeado, Mirtha Guerra las había chequeado. Ya había cargado las facturas que correspondían a esas carpetas, a esos legajos, a esos convenios. Sí, todo esto ya había pasado. Y ahora ya no tenía más nada que hacer; estaba todo hecho.
Se quedó mirando el techo. Apenas, mientras terminaba de pasar la procesión de empleados de Empresas Recuperadas, en próxima reunión con Franca Venturi. Más atrás de su escritorio se escuchaba la risa de Claudia Viñas, fuerte, estrepitosa la risa derivaba todos las parecitas de durlock. Los falsos archivos, los también falsos escritorios. Lo único que quedaba por hacer era quedarse sentado.
Y esperar que pase algo.
Carina Hirschfeld llegó apurada a la puerta de un edficio bordó donde la esperaba Susana Nuñez. Las dos vestían pantalones de traje negro, corte recto, tiro medio. Carina tenía una remera roja de tiritas. Carina era linda. Carina tenía los ojos color castañas y el pelo de un ámbar marrón, tan marrón que parecía la jungla misma. Susana no, Susana, aunque más joven, parecía muy vieja. Le faltaba algo que a Carina le sobraba. Un determinado aire, una determinada soltura.
Carina, decidida, tocó el timbre. Cuarto piso departamento b. Venía canturreándolo en el subte, había aprendido a cantar las cosas para recordarlas desde muy chica, desde que rapeaba las tablas de multiplicar con su mamá en la mesa grande de la cocina. Nunca la había ido mal en la escuela.
Desde el portero eléctrico se escuchó una voz perezosa, una voz de mujer escondida o recién levantada. La mujer eras vos, y estabas vestida nada más que con medias de algodón.
Carina y Susana se miraron nerviosas en el ascensor. Subía lento. Hubiéramos usado la escalera pensaban las dos en silencio sin decírselo. En secreto. Carina y Susana no eran amigas. No se conocían. Nunca habían hablado más que unas palabras por teléfono la noche anterior, más que el hola seco y frío con el que se saludaron en la puerta.
Pero el ascensor era chico y las dos iban muy juntas. Tan juntas que era imposible distinguir a qué pantalón correspondía cada pierna.
Llegaron al cuarto piso.
Carina siempre adelante, dio tres golpecitos firmes en la puerta del departamento b. Se escuchó un balbuceo desde adentro, un quejido, una muesca. Y el picaporte girando en falso.
Del otro lado de la puerta Verónica sostenía un libro grande de tapas negras forradas en cuero. Adentro del libro, entre las hojas, asomaban unos legajos amarillos desprolijos.
Las hizo pasar.
Carina no podía dejar de mirarle las medias. Las medias bajitas, de algodón apolillado y blancas; blancas de publicidad, de puños perfectamente limpios y planchados. Medias gastadas pero enteras. Medias blancas de algodón.
Pasaron a un living comedor lleno de muebles y de cajas de archivo. Se apilaban una arriba de la otra, los muebles y las cajas, y todo era de un frío y neutro color beige.
Susana estaba nerviosa y no quería mirar las medias de Verónica. La miraba a Carina, que sí miraba las medias de Verónica. Verónica miraba el libro grande, apoyado ahora sobre sus rodillas. Unos mechones de pelo se le escaparon de atrás de las orejas y Carina, muy maternal, se los acomodó otra vez detrás.
- Quiero que nos digas que pasa chiquita
- Pasa que ustedes estaban ahí. Yo ya las había visto. Pero volvieron a aparecer. Sí, y ya no pude dejar de verlas.
Ya estábamos hechas. Nos habían foliado ya, nos habías, vos, transferido a Cuentas a pagar. Habíamos visto después la tele juntas, ¿no te acordás? Miramos un programa de historia medieval. Lo conducía un historiador famoso. Vos me cebabas mate y Susana cortaba con los dedos una cremona grande grande como tus rodillas. ¿No te acordás?
- Me acuerdo que estaba todo hecho. Que esto ya había pasado antes. Que todo ya había pasado antes.
Carina. Me quiero ir a mi casa mi vida.
Carina y Susana salieron del departamento b. Verónica las acompañó a la puerta vestida nada más que con medias blancas, con medias blancas limpias, perfectas; apolilladas. Verónica apoyó el hombro en el marco de la puerta y miró el suelo. El libro gordo de tapas negras estaba todavía apoyado en la mesa del living comedor, abierto de par en par y sin los legajos amarillos, tal como lo había dejado Susana.
Susana tenía las carpetas en la mano y las estaba rompiendo. Despacito cortaba con los dedos las tapas de cartón y después las hojas. Iban cayendo al piso como papel picado todos los folios, todos los sellos, los ganchitos de abrochadora y todo el tiempo del mundo. Verónica había tardado en foliar, en sellar, en abrochar y en contar. Y ahora todo su tiempo y su mundo eran papel picado.
Carina le dio un beso a Verónica en la frente y otro en la boca. Susana no se animó; le dio sólo la mano. Y se quedaron de espaldas, con el dedo índice de Susana apretando fuerte el botón del ascensor.
- Mejor bajemos por la escalera
Carina miró atrás antes de perderse de vista.
Verónica estaba sentada en el piso sacándose las medias. Sacándose una a una las medias y deshilachándolas despacito con los dedos.
16 septiembre 2009
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Me dio miedo, es muy Lynch esto...
ResponderEliminarCabalmente.
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