Hay algo que no funciona. Un estarse en el aire que no encaja. Un murmullo, una carcajada, un descoloque, un ruido, un ruido, un ruido, ruido.
Molesto. Gritos, teléfonos, lluvia, bombos, tambores, archivos, papeles, cajas, armarios, llaves, microondas, quejas, suelas, bolsas, puertas, ascensores, sellos, sillas, voces, ruedas, tazas, cubiertos, botellas, risas, preguntas, corridas, encendedores, cigarrillos, celulares, lapiceras, toses, tijeras, borradores y abrochadoras. Estornudos. Viento.
Pero no, no porque así no había nada que hacer. Nada se podía haber hecho así, con esos cables, y esas cosas, y esas maneras de andar, de pisar, esas polleras, esas manos, ese pañuelo, ¿una corbata? Trajes y polleras, y más toses, y cajones y armarios. Y voces que revientan y que explotan y que son y que mueren y que nacen y vuelven y tocan la puerta, que se van. O se quedan. Y molestan
Y no gimen, no, no gimen ni gritan cuando cogen. Cogen en silencio, cogen sin moverse, cogen él arriba y ella abajo, cogen sólo él y ella, no ella y ella, no él y él. Cogen con cara de espanto, cogen con disgusto y con resignación. Cogen en la cama, no en el piso, no en la alfombra, no en la calle. Cogen de noche, sólo de noche antes de dormir. Cogen y se duermen, sin hacer ruido, cada uno para un lado. Cogen en seco, cogen como pajas. Cogen por inercia. ¿Cogen?
Y los fines de semana cuidan a sus hijos, y los fines de semana se juntan entre ellos. Y los fines de semana hablan de lo que pasó en la semana. Hablan de ellos, los fines de semana, de los jefes. De sus compañeros. Puterío. Conventillo. Hablan de desgracias, de tragedias. Hablan y no entienden. No entienden de desgracias. No entienden de tragedias. Haban al vacío, a la nada, a las pupilas sin ver, le hablan a un hueco. Hablan de remeras, de vestidos, de perfumes. Hablan de maridos, de mujeres y de fútbol. Hablan por teléfono. Hablan a los gritos, a distancia. Hablan mientras comen. Mastican hablando, hablan masticando. Hablan y comen y toman gaseosa. Tienen hora de almuerzo. Y en la hora del almuerzo hablan, y ríen. Y salen los fines de semana, todos juntos, a hablar de sus hijos.
No tienen nada. O tienen, sí, tienen todo. Tienen toda su vida de huecos por delante. Tienen toda su ingenuidad. Tienen toda su estupidez. Tienen la cara arrugada, tienen el ceño vacío. Tienen, tienen nada, tienen nada más que su estúpido y miserable y dispensable y hueco y tedioso y kafkiano y peronista y hitleriano y de pasillos, de durlocks y oficinas trabajo. Nada más que su de mierda trabajo.
Y les gusta.
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Si lo leo (o lo pienso) 2 veces:
ResponderEliminarNo soy hater yo, soy impotente.
Les gusta.
ResponderEliminarLes excita.
Les satisface.
Les eleva los egos.
¿Los egos?
¡Qué digo los egos!
las inseguridades
las represiones.
La monotonía.
Les eleva la monotonía.
Ésta se eleva, mientras que redundantemente los aplasta. Los pisa. Los revienta.
Les revienta.
Les revienta su vida.
No, a mí me revienta sus vidas.
Sí.
En cuanto a SU duda;
aquella que indigna un áspero, sarcástico y analítico "¿cogen?".
En cuanto a aquel cuestionamiento;
a ese:
No, no cogen. Sólo cumplen otra de las ¿rutinas? etiquetadas como preservación conyugal.
Prefiero ser extinguida.
No me dí cuenta.
ResponderEliminarPubliqué con mi nombre.
Con mi identidad,
y yo que quería continuar en el anonimato...