21 octubre 2009

Polleras.

Tiene la cara hundida en un zapato y no parece importarle el hedor.
Ana se acomoda las medias finas de lino cuidando de no rasgarlas y se alisa la pollera con las dos manos dibujándose fuerte e intensa la silueta de su cintura, de sus muslos ocultos, de sus incipientes rodillas. Se pone un zapato, el derecho primero y luego el otro; se mira en el espejo, da un cuarto de vuelta hacia la izquierda. Acerca más la cara al vidrio y parece distinguirse un lunar. Un granito: un granito ínfimo y marrón, marrón apenas, como lunar de bebé. Ana, vestida y peinada, revisa furiosa una lata redonda llena de frascos y pomos, de pinzas y maquillaje. No parece importarle, parece más bien un impulso, una ansiedad de revolotear los dedos y sentirlos tibios deambulando entre cosas. Quisiera Ana que no fuera entre plásticos que deambulan sus dedos, que no fueran sólo sus dedos, que no fuera siquiera ella.
¿Sos vos, Ana, esa misma Ana que lo espera a él vestida de rosa y de blanco, con la cintura de avispa perfectamente simétrica, con las piernas muy juntas y los labios entreabiertos? ¿Sos vos Ana, realmente vos, cuando lo esperás en esa esquina, muertos de miedo tus ojos de que alguien más los mire?
Ana sale. Da dos vueltas a la cerradura y se va. Camina por la vereda empinada del lado del sol, camina y cierra los ojos, como ciega, y el viento le golpea la frente. Mira un reloj chiquito y de plata que le adorna la muñeca, da dos pasos, vuelve a mirar el reloj. Espera en un semáforo rojo horas, meses y siglos a que cambie a verde. Mira el cielo que está gris; gris claro y todas las nubes apuradas. Ana avanza contra toda esa gente que le choca los hombres, que la hace tropezar, que le susurra al oído, que le intenta agarrar la mano. Ana avanza ciega, de ojos cerrados y se deja llevar por el tumulto. Hacia allá, simplemente hacia allá.
En la esquina hay un bar y al lado una tienda de relojes. De en frente sobrevuela un olor a empanada casera. En las otras dos esquinas, nada. Un baldío y un vacío enorme. Y en ese vacío enorme, en ese punto infinito y gris, ¿sos realmente vos Ana, esperando que él llegue, que te venga a buscar? ¿Sos vos la que mira ansiosa en ese reloj tan ínfimo de agujas tan finas? ¿Sos vos? ¿Sos vos, Ana?
Ana ya no se maravilla, ya no espera, ya no quiere. Ana está ahí, está ahí parada y mira su reloj. Revuelve un bolso, revuelve los ojos y la lengua dentro de la boca. Ana da vueltas en círculos, Ana sigue con los ojos cerrados, Ana está ciega y mira los colores de la luz a través de sus párpados cerrados.
¿A vos te sorprende? ¿Te sorprende saber que es Ana? ¿Qué Ana, tu mujer, está ahí parada, de cara al sol y vestida de blanco y de rosa esperándolo a él? ¿Queriendo que sea él quien separe sus piernas y entreabra todavía más sus labios? ¿Ya no te maravilla saber que lo que fue no es más? ¿Qué lo que nació está muerto?
Ana sigue ciega mirando el sol. Sigue en esa esquina, en ese vacío, punto gris y enorme donde vos te acabás de hundir y de darte cuenta de que ya no hay vuelta ni fondo. ¿No te maravilla saber que tu mujer no es quien vos creés que era? De que era otra, de que es ajena.

Ana se acomoda la pollera y sus dos manos fuertes dibujan entero el contorno de su cadera.

3 comentarios:

  1. Ana se acomoda la polleray sus dos manos fuertes dibujan entero el contorno de su libido, acto seguido con su dedo indice señala acusadoramente a quien escribe estas lineas por pecar de pseudointelectual y de utilizar la tipica palabra "libido".

    Ana nunca supo perdonar a los que tienen teclados sin tildes.

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  2. Me saco el sombrero y lo tiro al piso; después, lo aplasto con el pie un par de veces como Don Ramón... "¡Y no te doy otra nomás porque mi abuelita era la asistente de Pancho Villa!".
    Che, ¿Sabés que últimamente estoy cansada? No sé que onda conmigo, mañana te escribo y ves si lo descifrás.
    Por acá no hay Anas, ni Rexias, ni Silvias ¡Ni Marianas! Sólo hay novela de las seis de la tarde que cada día se pone más interesante (NO).
    Aguante la palabra líbido, re-aguante.

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