Te estás muriendo. Tenés el tabique hinchado, la merca hasta los huesos, un cáncer de vos, de sólo vos. Tenés la cabeza rapada, gatito, y yo sólo puedo acariciártela, abrazártela, esconderla entre mi pecho, apagarla contra mi pelo. Te estás muriendo y te estuviste muriendo siempre; sólo ahora te importa. Buscás algo en mis ojos, tu mirada se pierde pero a otro lugar, no a mis tetas, no a mi cintura. No a saber que me usás como y me hacés lo que quieras. A que me llevás quince años; a que podrías haberme engendrado e intentas, en cambio, fecundarme. A que tenés un hijo y tomás vodka con hielo. Te estás muriendo, ¿y Lautaro?
Se está muriendo, se está muriendo y ella lo ve desde la esquina de en frente, donde siempre lo buscó lo encuentra ahora, un año después, moviéndose como sólo él sabe moverse. Pero no, es el recuerdo en la cabeza de ella que se mezcla con su él de hoy. Hoy él no se mueve; se mueve ajeno y extraño, hoy su andar no es el que era, no es el que ella ve.
Se está muriendo otro día en el mismo lugar, una pileta enorme y los ojos cerrados. Los ojos cerrados tan celestes. Él se muere, se deja morir arrastradas las piernas por el agua. Ella lo alcanza de atrás, se agacha para rozarle la cabeza rapada con las manos, para acariciarle el pelo que antes le comía los dedos y se los enterraba hasta el cráneo, que le desgarraba la piel, le ardía la sangre, le quebraba los huesos ya no. Él se da vuelta y la mira, la estudia, la reconoce. Y la mirada que fue, que era cada vez al verla; la que ella quiso encontrar del otro lado de su nuca era otra. Un muerto. Un muerto de tabique hinchado, de nariz impedida y famélica. Tabique de droga, de cócteles: un muerto y sus drogas.
Fue entonces un abrazo eterno; letargo. Fue un beso en la boca, la lengua de vidrio aplastada contra sus dientes y ella que enorme lo abraza, lo sostiene, lo levanta.
Te estás muriendo. Te estás muriendo y aunque intentes rozarme, aunque busques, trates de volver, de tenerme, de arrancarme no. Te estás muriendo y te lo dice tu carne, tu pecho; tu pecho hermoso y ahora no, ahora lampiño. Tu cicatriz; las mías. Te estás muriendo y ya no más apagar cigarrillos en mis piernas. Ya no más buscarte en las esquinas. Ya no más invocarte con la piel. Estás muerto; enfermo. Muerto y buscás mi mirada. Muerto y yo daría todo, ¿pero dónde estás? Te estás muriendo Max.
Muriendo ¿entendés?
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Es un quilombo, ni hablar cuando se atragantan con las drogas y no les queda espacio para el postre de la vida, para eso no hay bajativo que ayude.
ResponderEliminarTodas las trucherías de la truchita de gulubú, se curaron con la vacu, con la vacunalunalunalú.
(¡Y con qué vacuna!)
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