16 octubre 2009
Manteca.
Toda la cuestión está ahí, en la materialidad del sello. En la goma esa que tiene, en la tinta, en los bordes redondeados y en lo analógico del mango. ¿Procedimientos narrativos? Ninguno, o muchos, sí, debe haber, pero siempre fuiste mala estudiante y nunca te aprendiste los nombres. ¿Sabés que otra cosa nunca hiciste? Comprar un manual de retórica, un diccionario de retórica. Sarlo se va a vengar. Te va a encontrar leyéndola del otro lado de una revista un domingo a la mañana en la casa de tu mamá y sí, te va a saltar a las pestañas. Pero vos te vas a estar tomando uno de esos cafés expresos con la espuma hasta arriba, negros como petróleo y fuertes como café de un bar, como café de Varela Varelita, o de Río de Janeiro y Rivadavia. Y sí, claro que queda bien poner calles, es porteñismo, después alguien le va a poner el nombre. Quizás ya lo tenga, seguramente, y vos acá sin saberlo. Todo porque nunca le prestaste atención a la crítica. Pero, pero. Lo de los dos linajes lo aprendiste, sí. ¿Sabé usté lo de los dos linajes? ¿Cómo, oh, osa usté leer campantemente a Borges sin haber leído Piglia? ¿Sin haber leído Borges a través de Piglia, con los ojos de Piglia? Usté será feliz, sí, será feliz porque no es usté alumno de Puán y será feliz porque no es usté un estereotipo. ¿O si? ¿Será usté un estereotipo salido de lugar? Aunque hay cierto anacronismo, si te fijás, entre vos, tus cosas y tu memoria. Siempre, claro, en eso se basa la memoria: en ser anacrónica. Pero, ¡pero! Hay otro problema: un cuento que nunca pudiste resolver. Una anécdota, la más onírica anécdota, la más irreal e increíblemente ficcional anécdota que auténticamente es tuya, que nunca se te traspapeló en el discurso del otro, que no se la robaste a nadie. ¡No! Un vaso de vodka, una mano helada, basurita. El mejor cuento ahí para que lo escribas y vos acá con tu digresión. Y a mí no me vengas, que desde que aprendiste esa palabra no parás de hacerlo. No, no. ¡Me niego y lo refuto! Vos ya te olvidaste, pero yo me acuerdo de Dale, me acuerdo de noches en tu cama camita que después fue de tu hermana hablando con Dale sobre qué hacer. Y Dale decía, y vos respondías, y se peleaban horas, y se amigaban horas; iban y venían; vos no te acordás pero yo sí. Y Dale era tu cabeza nena. Nena, nenita, pendeja. Putita. Yo putita, ¿y vos? ¿Vos no te tocás a la noche pensando en mí? ¿No que te acordás de tu pija enterrada en mi garganta? Si fueras vodka, puro, solo, con hielo, no habría problema. Nos hubiésemos revuelto en una sábana hace meses, hace años. Hace un año que no te veo. Que no me ves. Que te olvidaste de cuántos lunares tengo. Perdimos la práctica, sí. La perdiste vos, se discontinuaron los caminos. Ay, M., ¿dónde andarás? No Cucú, acordate: nada de nombres acá, que después la gente viene y comenta. Cierto, sí, tenés razón. Entonces la cuestión cambia, no hablemos de nadie, no, hablemos del sello. ¿Lo viste? Mirá la gomita, olé, olé el olor a tinta fresca, dale, metele el dedo, animate. Sí, así, ¿ves? ¿ves que no duele? Mancha un poquito, pero apenas, y después te quedan los dedos así, con mi olor, y no te lavés las manos, no. Vas a ver cómo después la tinta negra se va poniendo azul, después se pone verde y después, un poco, de a poquitito se va yendo sin que te des cuenta. Yo te dije que los sellos eran una cosa fascinante, que el asunto todo estaba ahí en su materialidad.
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Y justamente eso que a vos te gusta tanto de mí, a mi me preocupa bastante de vos. En unos días te besaré la frente (digo días porque suena más bonito).
ResponderEliminarAy, usté no estará citando acaso a una persona que cita a un rabioso Lichtenberg?
ResponderEliminarAy, que entre tanta eme yo me mareo.
Ay, que entre tanta eme usté se me moja.
Ay, pero qué apetecible hundirse en un sello.
Esa M., sí, haciendo montaña rusa entre mis piernas.
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