27 enero 2010

Una lectura de Pumba

Por Marcelo Méndez.

En el título, claro, está la clave: qué cosa sino “pum(b)a” señala la irrupción de un puma en una esquina inesperada. La suma (y automática resta) de puma y señor. Onomatopeya (a lo Batman) y mordisco. Pero quien se quede con esa primera síntesis se pierde la escritura.
El texto tiene resonancias de las Historias de cronopios y de famas pero lo que vale no es cómo se le acerca sino cómo se le distancia. Porque si el absurdo presente en el texto de Cortázar apunta siempre hacia lo cómico, como era lógico en esos sesentas que –después de tanto ruido- se agotaron en sí mismos, el absurdo del texto de Trucha se dispara hacia el horror, logrando un cocktail estrictamente contemporáneo: “el puma queda solo”. El hombre común desaparece en una esquina cualquiera. Es absurdo, pero horroroso: se vive entre desapariciones. La desaparición del individuo en las ciudades, del hombre entre los hombres, la desaparición política, todas ellas pueden leerse en el puma desaparecedor de Pumba.
Este combo de horror y absurdo, en este caso irrumpiendo-puma sobre la “normalidad” hombre-quieto es una marca distintiva de la escritura de Trucha.
Como en una partida de damas, el texto dispone sinecdoque tras sinecdoque y presenta por piezas a los cuerpos que llegarán a toparse en la esquina del duelo (siempre parece haber lugar para un nuevo duelo en la literatura argentina): hilo de baba, rabillo del ojo, rasgos que oscuramente se repiten, pero después hay nuca y nariz que se sacude en el puma y hay pulmón agónico y pantorrilla desgarrada en el hombre. El que come y el comido. “El hocico sangrando” del puma es la sinecdoque que cierra la narración. El juego de los cuerpos troquelados mucho antes de encontrarse disuelve una certeza que deriva hacia el final.
Cortázar de nuevo: es inevitable leer el texto a la luz del cuento “Bestiario”. Curiosamente Trucha ha abjurado públicamente de Cortázar en los diversos sitios de Internet que comanda. Ahora bien: en ese cuento un león termina comiéndose a un señor. Cómo pasarlo por alto. Acá se lo come más detalladamente, porque la autora (ya se dijo) pone lo feroz por sobre lo lúdico. La curiosidad (quien la conociera!!) que surge ante estas intertextualidades es saber si ella abjura de Cortázar tras haberlo leído o por una más que razonable fobia generacional (Trucha dejó atrás una adolescencia en la que a veces se imagina pero esto fue hace mucho menos tiempo que lo que sugiere la madurez de su prosa).
Como sea: el pum(b)a, al señor, se lo come de a poco. Y casi da miedo la manera en que Trucha tiene asumido que en cualquier momento, al que lee o al que escribe o a cualquiera de los otros, en este mundo, se lo come un puma. Pero da gusto la maestría con que lo narra.

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