21 enero 2010

Pumba.

El hilo de baba. El rabillo del ojo. El craquear de las rodillas. La clavícula. La nuca. La nariz que respinga y se sacude y ya no quiere saber más nada. Pero él lo espera parado en esa esquina. Lo mira moverse y se esconde, se agacha para no ser visto. Él parado en la esquina no lo ve, no lo mira y no lo sabe ahí. No lo conoce. Pero su cuello, su hombro. Su pulmón agónico. Su pantorrilla desgarrada. Entonces sucede que nadie se esperaba que sucediera eso en una ciudad como esa, en una esquina como esa a un hombre como él. Un puma furioso, un puma de circo de escuela de safari de Sudáfrica le salta al cuello y le come los ojos, el rabillo del ojo, el hilo de baba y la nariz que respinga. No hay nadie ahora parado en la esquina. El puma queda solo, la calle desierta y el hocico sangrando.
Una nube negra cubre la ciudad y llueve.
El puma pesadamente se aleja.

2 comentarios:

  1. está buenísimo, buenísimo. La anoto a usté, eso sí, Ludmila, en el cortazarismo. No quiero darle un golpe bajo, el culpa del puma. De lo mejor de su blog.

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  2. Voy a caer en ésto otra vez. Estoy A PUNTO.

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