Escribí sobre lo que te pasa, todos los días, sobre algo, tuyo. Convertilo.
Ejercicio de escritura número 1.
Vengo al trabajo a, entre cosas, depilarme los diez pelos que me crecen en el entrecejo (dejar libre el ceño, dejar linda la sexualidad)
Convertilo ahora en algo lindo.
¿Tengo que escribirlo desde el yo?
Sí, en primera.
Oquei.
(minutos)
No sé, no puedo. No me sale.
No te rindas, nunca te rindas. Pedí ayuda.
¿A quién?
A tus multitudes.
Cómo la embarré con eso de las multitudes.
Porque ya no hay rencores con la moral cristiana y peronista. Logré, sí, que el trabajo no sólo me dignifique exteriormente frente a mis más menos allegados, sino que además me chupe interiormente un huevo, cuando no me está molestando mi vano existir acá adentro.
Y cuando sí, cuando sí me está molestando terriblemente mi vano existir acá adentro, cuando recibo papeles y sólo veo papeles (será eso el blog, ¿una revolución interior contra el papel?) y sólo sello papeles y sólo firmo papeles y sólo archivo papeles. Cuando ¿para qué carajo querrá la gente tantos papeles? ¿Qué carajo me importan a mí todos estos papeles – papelerío? Pienso: el ceño.
El ceño, se ha dicho (yo pienso) es el punto g intelectual. ¿Qué otra razón existiría para fruncirlo de esa manera cuando el odio (también se ha dicho, fuerza motor y vital) nos atormenta y nos empuja al abismo de algo; no importa de qué, con haber llegado al abismo alcanza? ¿Qué otra razón para distenderlo y estirarlo cuando el ardor sexual nos quema los ojos y nos lo cierra en esa mueca de goce tan peculiar? ¿Cuándo las neuronas se alteran, revolotean, porque viene, porque viene algo que quiere hablar, que quiere decir, que salta y escribe y lee y piensa y quiere? Todas las puntas del ovillo terminan justo ahí, en el ceño. Se enredan ahí, se hilan ahí.
Entonces cuando mi existencia es absolutamente vana, cuando me hago hormiga, me hago bollo, me agobian y me asfixian y me comen estas cuatro paredes, estos pasillos infernales; cuando me siento Joseph K., cuando la burocracia, cuando la nada, la nada misma, cuando todo eso se me hace torbellino y huracán en las entrañas pienso: el ceño. El ceño es fuerza motor, el ceño es vitalidad, el ceño soy yo. Soy yo escribiendo, soy yo queriendo, soy yo saltando, deseando, ardiendo. Hay que embellecer el ceño.
Me paro. Cara de otario. Me voy caminando despacito, entre paneles de durlock y armarios grises. Saludo, esquivo, hola qué tal, mucho gusto, al fondo del pasillo, en mesa de entradas y me encierro, sola, única, conmigo, con mi ceño, feliz en el baño.
Y el espejo es tan grande, y la luz es tan fluorescente, tan que hace mal a los ojos pero tan que me veo cada uno de los diez pelos, cada raíz, cada poro porito cómo nace y cómo crece. Tan yo con mi ceño y nadie más.
Uno a uno, despacito, sin tirar, uno a uno, pincita en el bolsillo, pincita en mano, siempre lista me embellezco el ceño. Y va quedando liso, liso cemento, liso seda mi ceño, hermoso ceño de cejas expansivas. Queda libre. Libre de saltar, de correr, de decir, de querer. Libre de arder. De estirarse y de fruncirse.
Y pienso. Pienso qué por qué, por qué tengo que sentirme hormiga, por qué la angustia, para qué. Si yo soy el ceño, no soy Julio Nievas, no soy la mesa de entrada. Soy la trucha. La trucha que juega a ser mesa de entrada y en realidad es un ceño hermoso, gigante y depilado.
Vuelvo del baño despacito, esquivando escritorios, mujeres solas, mujeres con hijos, hola preciosa, qué tal, ¿venís del jardín?, qué linda que es, y vuelvo a mi durlock, a mi pared, a mi esta, mi computadora. Sello papel, firmo papel, cargo papel en base de datos, archivo papel. Guardo papel, paso papel por sistema y basta.
Me siento en esta, mi computadora, y con el ceño libre, soy. Con el ceño libre escribo.
20 agosto 2009
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Por suerte a mi no me salen esos pelos, digo por suerte porque, de tener que depilármelos, sería TRÁGICO. Me hace estornudar, mucho.
ResponderEliminarHoy estoy indispuesta, usté sabrá entender todo lo que ésta situación engloba así que, probablemente MI BLOG se llene de bardeadas, autobardeadas, recontrarebardeadas y bardo, bardo, bardo.
¿Sabe qué? Lo que usté narra es mi mayor temor, ese tipo de trabajo, crecí con un padre con ESE TIPO DE TRABAJO y creo que desarrollé una fobia a los papeles y a las abrochadoras; ahora el susodicho sigue trabajando, pero va a terapia dos veces por semana y a CANTO... Yo que usté pensaría siete veces. No dos, siete. Pero aparentemente pensamientos a usté le andan sobrando.
Con mi tan querido ceño funcido le cuento que usté está en lo cierto, voy a volver a la ciudá que me vio nacer para ver si hago algo con mi vida, porque como verá, no hago otra cosa que tener un blog.
Abrazos fuertes, de esos de parientes que no se ven nunca pero se quieren genuinamente.
P.D.: Debería considerar tener un msn ¡Vaya que debería!