11 febrero 2010

Cifras.

No va a servir que intentes organizarte las ideas si antes no tenés una base, un qué, sobre el cual organizarlas. Entonces decidite, ¿de qué querés ser parte? ¿Géneros? ¿Estilos? Si, yo sé, vos querés romper el género, romper los estilos, salirte de todo marco, explotar la caja que te retiene, saltarle la etiqueta al carajo y quedarte sola flotando en la nada, encima, muy por encima de todos los otros.
Bueno, no. Te cuento que no, que no sos un genio en potencia. A lo sumo serás mejor que una amplia mayoría de los seres comunes, y todo si mejor es el término indicado (digamos en vez distinto) y ni intentemos definir comunes. Sos distinto a la gran mayoría, pero esa mayoría no es una mayoría absoluta de la cual solamente vos quedás excluído. Es una mayoría de, por poner un número, un setenta y dos por ciento. Pero te queda otro veintiocho Supongamos, igual, que de ese veintiocho a un catorce no le interesa lo que te interesa a vos, se va por otro lado, ni te toca ni los tocás, no se ven, para vos no existen. Te movés en el catorce por ciento que te queda. Si la población mundial es de seis mil millones de tipos, a vos te quedan de competencia unos ochocientos cuarenta millones. Ponele igual que la población mundial es exagerado, hacé una cuenta local. Treinta y seis millones de tipos de los cuales, seamos benévolos, sólo el diez por ciento te representa competencia. ¿Cuántos te quedan? Un montón.
¿Y por qué vos tenés que ser distinto y romper los moldes?
Claro, porque trabajás en una oficina y tenés una pareja que conocés hace mil años, estudiás una carrera que vagamente te interesa y no tenés mayores expectativas que llegar a tu casa y tomarte un café. Ah, porque eso te molesta. Perdoname, había entendido mal.
Vas a sobresalir porque todo te molesta.
Perfecto.

¿Empezamos?

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